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El fin de la autonomía

Sobre el nuevo borrador del proyecto de ley de educación superior es que hace un análisis Gonzalo Rojas Sánchez en BioBioChile TV. 

Algunas características fundamentales que resaltan del análisis son las siguientes:

1. Doble vulneración de la autonomía de las instituciones de educación superior y de los alumnos y familias.

  • Invasión al ámbito funcionario y académico.
  • Nuevo rol del alumno y familias como "clientes" de las instituciones, desvinculándolos afectiva y efectivamente. 

2. Superintendencia de Educación Superior que ejercería un control de "policía" sobre las instituciones y además contaría con potestades normativas.

 

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Ingresa a  http://tv.biobiochile.cl/notas/2016/04/08/el-fin-de-la-autonomia.shtml

 

 

 

Opinión. Conservadores: para concretar

Gonzalo-Rojas-Sánchez

  Muchas personas, muchas, han escrito a raíz del planteamiento referido a la posibilidad de que sea la   hora para que los conservadores formemos un nuevo partido político en Chile.

   Y, por cierto, han pedido precisiones sobre el proyecto.

   Se ha afirmado que hacen falta cuatro cosas. Concretemos las tres primeras, que son la operativas:

    a) Un ideario. Lo pueden escribir en pocas horas, entre, por ejemplo, Carlos Frontaura, Sebastián        Burr, Enrique López, Aníbal Vial, Cristóbal Orrego, Álvaro Pezoa, Julio Alvear, Raúl Bertelsen, Thomas  Leisewitz y una docena de próceres más, a quienes ruego me disculpen la omisión de sus nombres  concretos. Tenemos todo el ideario conservador nacional y occidental disponible y trabajado; aunque a  algunos les parezca algo anticuado, ellos ni de cerca han logrado síntesis creativas como el libro de  Burr, por ejemplo.

b) Unas personas. Entre todos los que se animen a darle forma a esta iniciativa, tenemos que animar a un par de grandes gestores para que lideren, tanto en lo político como en lo organizacional. He hablado de Rodrigo Álvarez y de José Antonio Kast. Los dos pueden estar disponibles si hay un planteamiento muy atractivo y un respaldo económico legítimo y bien proporcionado a su dedicación al tema. Pero entre los que se animen a discutir esta iniciativa, hay que barajar media docena de nombres más, de modo de tener un abanico más amplio de posibilidades. Deben tener entre 40 y 55 años.

c) Una hoja de ruta que presenta diversas opciones. El nuevo partido puede irse construyendo desde algunas ONG que confluyan a un proyecto común (Movilidad popular, Foro Republicano, Influyamos, y muchas otras) ; o desde los liderazgos personales de dirigentes de base en Santiago y sobre todo en regiones, esos cientos de personas que están disponibles y con los que uno se topa a diario; o desde algunos núcleos de intelectuales y profesionales, que han ido abandonando sus partidos por desilusión; o, incluso, desde los parlamentarios que a mediano plazo podrían dejar la UDI porque el partido se abandonó a sí mismo: podrían irse los que no quieren tibiezas en lo moral y cultural o los que no aceptan claudicaciones en lo histórico.

Para ir concretando esta iniciativa, con prudencia y sin apuros, harán falta muchas buenas conversaciones previas, a las que nos tenemos que dedicar en las próximas semanas. Paciencia, pero sentido de la urgencia también.

Gonzalo Rojas Sánchez – Socio Fundador Foro Republicano. 

Opinión: Cambiar el sujeto político

Esta es la columna de Gonzalo Rojas en El Mercurio en que menciona a Foro Republicano y la propuesta de Sebastián Burr de cambiar el sujeto político. Puede leer la columna original aquí.

CAMBIAR EL SUJETO POLÍTICO
Una tenaza amenaza la convivencia de los chilenos por todos los costados, por lo que es una obligación moral e intelectual explorar nuevas soluciones que la alivien.

Es importante que los tribunales apliquen las leyes; que los políticos -partiendo por la Presidenta- no vayan a intentar soluciones de transacción (o sea, que se aplique el “es urgente no hacer nada”) y que la oposición reestructure sus partidos, disolviendo sus actuales dos polos para conformar una tripleta de opciones nuevas y consistentes.

¿Podrá suceder?

Casi con toda seguridad, no: los juicios llevarán un derrotero tan zigzagueante como extraño; los políticos se darán y tomarán las manos, después de aprobar un acuerdo menor contra la corrupción; y la oposición centrará su catarsis en la búsqueda de candidatos locales y regionales para que compitan a nombre de sus mismos actuales cuatro grupos.

¿Se puede pensar en otra fórmula, que rompa el triple esquema de tribunales acomodaticios, políticos transaccionales y oposición dormida?

Sí. Es lo que Sebastián Burr viene sugiriendo al interior de Foro Republicano, una corporación pensada justamente para humanizar a Chile y ayudarlo a salir de sus variadas pobrezas. Se lo podría llamar “el cambio de sujeto político: pasar de los carismas individuales, las manipulaciones comunicacionales y una infantil lucha por el poder, a la presentación y conocimiento de proyectos sociopolíticos que apunten al ejercicio activo de la libertad de todos y cada uno de los ciudadanos”.

Sin que las instituciones dejen de funcionar -vaya uno a saber con qué vitalidad lo harán en los próximos meses-, Burr propone una asamblea de hombres buenos que lideren una “primaria de proyectos sociopolíticos”.

Su diseño implica tres elementos centrales.

Por una parte, la convocatoria hecha por los cuatro ex presidentes de la República a todos los grandes ex con los que cuenta Chile, pero que hoy no cuentan casi para nada: ex presidentes de los otros poderes del Estado, ex contralores, ex ministros de áreas decisivas, ex rectores, ex presidentes de las Academias, ex embajadores, ex presidentes del Tribunal Constitucional, ex presidentes de la Confederación de la producción y de la CUT, ex presidentes de colegios profesionales y otros tantos ex. Una reunión de notables, una verdadera asamblea para sugerir cómo constituir, no una populista asamblea constituyente.

En segundo lugar, unas organizaciones habilitadas para presentar proyectos. Solo las entidades con personalidad jurídica vigente al 31 de diciembre pasado: nada de inventarse grupos ad hoc . Y proyectos elaborados con un formato serio, en que familia, trabajo, política, naturaleza, ciudad y economía sean requisitos a llenar, al modo de un concurso de investigación de estándares internacionales.

Finalmente, la asamblea de notables debiera agrupar esos cientos de proyectos en tres o en cuatro, y pedir que una legislación aprobada al caso “le permita a la ciudadanía elegir informada y libremente el mejor”. Una consulta de verdad, un llamado a esos millones de chilenos que no quieren votar por personas en las que confían cada vez menos, pero que quizás -un quizás que será negado por los mismos políticos, obviamente- experimentarían un renacer republicano si de grandes proyectos en consulta se tratase.

Nada vinculante jurídicamente, todo en el plano de la verdadera participación ciudadana, ahí donde las personas saben que pueden aportar, sin miedo a las ideas que provengan de afuera de las élites.

Una campaña de solidaridad con un Chile devastado por la emergencia de esos aluviones y erupciones políticos que lo tienen al borde del colapso.

Opinión: A pensar y a escribir la Derecha

Un libro reciente se queja de lo poco que se piensa en lo que su autor llama “La derecha”, es decir los grupos -así los denomina- “liberal-cristianos”, “liberal-laicos” “socialcristianos” y “nacional-populares”.

En una próxima oportunidad nos haremos cargo en este espacio de la crítica completa de esa obra.

Hoy sólo sugeriremos algunos temas en los que esas cuatro tradiciones intelectuales -especialmente la primera, que sería mejor calificar como “conservadora” y la tercera, la socialcristiana- podrían desarrollarse en estos meses.

Lo que pretende el listado siguiente, por lo tanto, es incentivar a que los lectores de esta columna puedan enviarnos trabajos -muy elaborados o de iniciación- sobre el modo en que perciben desde el conservantismo o el socialcristianismo los asuntos sugeridos, para que sean incorporados a los programas de acción de corporaciones y partidos, a los programas de formación de jóvenes, a la discusión en los medios de comunicación, a las sugerencias a los parlamentarios, etc.

O sea, vamos pensando sobre
1. Cómo revitalizar la autoridad en la familia y en la educación;
2. Cómo colocar la virtud cívica en el centro del servicio público;
3. Cómo organizar la función de consejo en organismos o instancias influyentes;
4. Cómo dignificar el trabajo en todos los emprendimientos;
5. Cómo activar la justicia conmutativa como palanca de las relaciones humanas;
6. Cómo dotar a los que no viven en una familia de instrumentos para que la recuperen;
7. Cómo premiar la participación juvenil en el sufragio y en el servicio;
8. Cómo promover la sensibilidad religiosa como un gran bien social;
9. Cómo potenciar la vida de club, barrio y pueblo;
10. Cómo recuperar el sentido de la belleza y la claridad en el lenguaje.

Y así, sucesivamente, en muchos otros temas.

Sebastián Burr, en “Hacia un nuevo paradigma sociopolítico” avanzó en muchas de estas cuestiones. Sigamos. A pensar pues. Y a escribir.

Gonzalo Rojas Sánchez

Obedecer, tarea imprescindible

No hay crisis de autoridad sin deterioro paralelo de la obediencia.

¡Cómo se lo ha experimentado en la esfera pública, en particular, en la eclesiástica, en estas últimas semanas!

Si encuentran a alguien que sostenga que obedecer el fácil, manden sus argumentos por favor. La obediencia es difícil justamente porque implica tres cosas que no nos gustan nada: Oír las voces exteriores, apagar las voces interiores, ponernos en movimiento.

Pero la obediencia es posible -más que eso, es imprescindible- porque esas tres actitudes son propias de la dignidad humana.

Oír las voces exteriores significa reconocer la superioridad de otros -de casi todos- por su investidura, por su experiencia, por su ciencia, por su santidad, por lo que sea o por todo lo anterior junto. Superioridad, y ya está.

Apagar las voces interiores implica hacerle el menor caso posible a las primeras reacciones defensivas, a los instintos de supervivencia de nuestra soberbia, a las pocas coordenadas que creemos tener como tierra firme para nuestra vida, apoyadas por cierto en un torpe “yo de esto entiendo.”

Ponerse en movimiento significa preguntar a las voces exteriores qué hay que hacer, dónde, cómo, cuándo -planteando con discreción las propias dudas, ciertamente- y trazar el plan para ejecutar los criterios de esa autoridad.

Casi todo esto está faltando en algunos que debieran ser los primeros en obedecer y en dar ejemplo a los demás. ¿Por qué?

Porque oyen muy poco las voces de afuera, en primer lugar, porque son muchísimas y apenas las saben discriminar, y, en segundo lugar, porque hay mucho ruido proveniente de las voces de adentro, que como hablan unilateralmente, sin contradictor, parecen sabias. Y no lo son.

Eso hace que el movimiento de algunos vaya justamente en la línea contraria de la autoridad. No obedecen, se rebelan.

Gonzalo Rojas Sánchez

Opinión: ¿Renuncia?

La Presidenta de la República ha declarado: “Yo no voy a renunciar. No pienso siquiera hacerlo. Ni siquiera sé cómo se haría constitucionalmente.”

¿Qué significa esto? ¿Alguien le ha pedido la renuncia? ¿Estamos en un déjà vu que nos retrotrae a mediados de 1973?

Todo parece arrancar de un comentario periodístico, muy bien informado; todo parece seguir en los ecos que ese análisis profesional ha tenido. Hasta ahí, a pesar de lo impactante del tema, el asunto se movía en las coordenadas propias de la información pública.

Ya hubo antes una situación similar respecto de un presidente socialista. Las peticiones masivas de renuncia llegaron a los ojos y a los oídos de Allende casi 42 años atrás; las mesas que recolectaban firmas fueron organizadas por los opositores al gobierno marxista y estaban instaladas en plena calle Ahumada; todo era de público conocimiento.

Nada de eso ha sucedido ahora. No se sabe de opositor alguno que haya planteado esa posibilidad. O sea, las declaraciones de la Presidenta nos llevan a pensar que nos está faltando un dato. ¿Alguien le habrá pedido a la mandataria -en privado, pero directa y efectivamente- que renuncie? ¿Quién?

Sólo esa hipótesis explicaría que las declaraciones sean las que fueron. El “Yo no voy a renunciar”, podría ser la respuesta pública -para recuperar la adhesión de sus electores hoy desencantados pero que llorarían con su partida- frente a esas presiones privadas; el “no pienso siquiera hacerlo” debe traducirse por un “y no me insistan más”, para terminar con un “ni siquiera sé cómo se haría”, que debe leerse como “el artículo 29 de la Constitución no da para resolver ese problema: por ahí no podrán doblegarme.”

Por cierto todas estas interpretaciones de las insólitas declaraciones de la Presidenta se apoyan en la buena fe respecto de sus palabras.

Porque lo más grave sería que los análisis periodísticos fueran certeros, que efectivamente lo ha venido pensando y anunciando por cuenta propia, que no existan presiones internas de ningún tipo, sino sólo una debilidad muy suya y que la ha llevado a hacer uso del último recurso: negar públicamente lo que íntimamente quiere, para ver si desde esa negación consigue una fuerza que le permita doblegar la tendencia a la renuncia ya instalada.

Las presiones desde los suyos serían inauditas; la debilidad propia, de consecuencias imprevisibles.

Gonzalo Rojas Sánchez

“Violencia egoísta”, opinión de Foro Republicano en ChileB

Reproducimos a continuación la columna de Thomas Leisewitz, de Foro Republicano, en el sitio de noticias ChileB. Vea la columna original aquí o lea esta transcripción.

VIOLENCIA EGOÍSTA
En pocas horas, en menos de una semana, vimos a carabineros arriesgando su vida para salvar a otras en las inundaciones del norte, en crudo contraste con la muerte de un joven carabinero en una violenta conmemoración de otros jóvenes muertos. Vimos también a un joven diputado que no se puso de pie en el minuto de silencio que la Cámara ofreció por el asesinato de un senador asesinado por un grupo violentista.

¿Qué nos está pasando? ¿Vamos a darnos vueltas todos los años en las mismas escenas, con los mismos argumentos, condenados a repetirla historia una y otra vez?

Todavía hay personas que se reservan como última carta la posibilidad de recurrir a la violencia para obtener sus fines políticos; otros declaran su repudio, pero usan los micrófonos como pistolas y las palabras como si fueran balas.

Otros, mejor intencionados, buscan y escarban para conocer la raíz de esa violencia y no logran ponerse de acuerdo: ¿Resabios de violencia estructural instalada hace décadas; resultados inevitables de presiones que provoca un sistema económico-social competitivo; latencia de un virus revolucionario que no acaba de morir? ¿Norcotraficantes y delincuentes comunes parapetados en un calendario que no crearon, pero que les sirve? La precisión sólo sirve para desviar el foco de lo único común a todos estos asuntos: una mirada egocéntrica, individualista, donde lo único que importa es lo que quiere uno, aunque deba pasar por encima de otras personas o de las costumbres y normas que nos mantienen unidos.

El gobierno dijo que está dispuesto a declarar estado de excepción constitucional para evitar más hechos de violencia como los que vimos estos días. Hay algo de positivo en esta reacción: muestra que el gobierno reacciona a los estímulos externos… pero no deja de ser una respuesta reactiva, y algo violenta.

Las imágenes de nuestros compatriotas arriesgando su vida en los lodazales del norte de Chile nos muestran un mejor camino para avanzar. Centenares, miles de uniformados, voluntarios, bomberos, funcionarios públicos, camioneros, estudiantes donaron de lo suyo, su tiempo y sus vidas para salir al encuentro de otros chilenos afectados por las inundaciones. Salir al encuentro del otro, a solucionar los problemas de otro y no quedarse sentado en tu silla cuando se homenajea a un colega, esa es la única actitud que nos sacará de esta espiral de violencia que parte en las palabras y termina en las balas.

Thomas Leisewitz

Foro Republicano | @f_republicano

La confianza: ¿Cómo recuperarla?

Uno de los fundadores de Foro Republicano, el profesor Alvaro Pessoa, escribió en El Pulso una columna que hace tiempo Chile necesitaba: Cómo se recupera la confianza una vez que se ha perdido. Todos concuerdan en el diagnóstico de que Chile vive una crisis de confianza -interpersonal e institucional-, pero nadie había respondido la pregunta obvia, hasta ahora.

Lea la columna original aquí o nuestra transcripción.

LA CONFIANZA: ¿CÓMO RECUPERARLA?

¿Cómo recuperar la confianza en la vida social? ¿Cómo superar la distancia que aleja cada vez más a los ciudadanos de los políticos? ¿Cómo manejar la reputación y los demás bienes intangibles de las empresas? ¿Cómo asegurar un clima de confianza en la familia, en los organismos sociales intermedios y en las relaciones personales?

La confianza, en forma análoga a la salud, se convierte en un tema de actualidad normalmente cuando falta. Su ausencia en las relaciones sociales enrarece prontamente la fluidez y la calidad de las mismas. Esto es válido para todos los ámbitos de la vida en sociedad: la política, la economía y los negocios, los centros de enseñanza, la familia, etcétera, no obstante las peculiaridades diferenciadoras de cada uno de ellos.

Existen diversas señales que dan cuenta del crecimiento de la desconfianza en una comunidad. Entre ellas, la entrada en escena de los abogados y los jueces -y de los medios de comunicación- es un signo inequívoco de carencia de confianza y del consiguiente deterioro en la convivencia. El prurito por dirimir desavenencias en sede jurídica resulta ser un claro indicador de crisis social. De hecho, en una mirada de conjunto a Occidente se percibe una progresiva judicialización de las esferas más diversas. Los actores implicados se manifiestan con frecuencia incapaces de resolver los conflictos y finalizan ante el juez, hecho que resulta disfuncional y peligroso. A modo de ejemplo, en la política, el denominado “gobierno de los jueces” ha demostrado que puede llegar a ser tan corruptor de la auténtica democracia como la inexistencia de una justicia independiente. Llevar continuamente a los tribunales aquello que debería debatirse o solucionarse en el parlamento e instancias asociadas dice a todas luces del fracaso de la clase política. Con el mundo empresarial pareciera ocurrir algo similar y, más todavía, con la compleja trama de relaciones entre la política y los negocios.

En Chile ya hace algún tiempo se observan crecientes muestras de desconfianza social, al punto que ha llegado a convertirse en un tópico hacer referencia a esta lamentable realidad. Siendo evidente el diagnóstico, la cuestión de fondo y el desafío radica en cómo revertir esta suerte de espiral negativa en que ha entrado la comunidad nacional en la materia y lograr reponer la confianza perdida.

Recientemente el filósofo y sociólogo español Alejandro Navas ha escrito al respecto en el diario El Mundo recordando(nos) que las recetas son tan sencillas de enunciar como difíciles de llevar a la práctica.

El enumera algunas de modo sintético: autenticidad, veracidad: los actores dignos de confianza son auténticos, sin fingimiento. Coherencia, correspondencia entre lo que se dice y lo que se hace. Cumplir las promesas; y si no se cumplen, explicar las razones verdaderas. Reconocer las propias fallas y pedir perdón: incluso los líderes más cualificados cometerán errores; reconocerlos con sencillez, sin buscar chivos expiatorios, refuerza el prestigio ante los subordinados. Eliminar mecanismos de control o supervisión excesivos, que no son más que desconfianza institucionalizada: aquí -señala Navas- cabe buena parte de las parásitas burocracias y jerarquías internas, con su aluvión de informes y reuniones. Aceptar la vulnerabilidad humana: quien confía se expone y corre un riesgo, pero solo de esta forma podrá generar confianza a su alrededor. Transparencia: compartir información constituye una de las mayores muestras de confianza en cualquier organización; también debe vivirse la transparencia hacia fuera, superando la tendencia al ocultismo. Delegar, “hacer hacer”: cualquier trabajador da lo mejor de sí mismo cuando percibe que sus jefes y compañeros confían en él. Someterse a la evaluación de otros: no tiene precio escuchar a los que dependen de uno, cuando dicen lo que piensan sin miedo a represalias.

¿Quién debe dar el primer paso cuando la desconfianza bloquea el diálogo y la posibilidad de entendimiento entre partes enfrentadas? Sin duda el más poderoso, que no tiene por qué ser necesariamente quien está más arriba en la jerarquía o en la cadena de mando. Podría decirse que la vía de solución descansa simplemente en confiar. Es lo natural entre los seres humanos. Así se han constituido las familias, las agrupaciones de todo tipo y la misma sociedad. En la mayoría de los casos, el acto de confiar se verá correspondido y la contraparte no fallará a la confianza depositada. Más bien al contrario, entregará incluso mucho más de lo que ella misma pensaba que podía dar. Y es que la confianza se sustenta en la gratuidad: en el don, por parte de otro, de hacerlo a uno sujeto de fe y esperanza en que será leal -fiel- en el cumplimiento de sus compromisos. Es, por lo demás, aquello a lo que la etimología de la palabra confianza nos remite.

Por la razón expuesta, para reversar un proceso de pérdida de confianza únicamente queda renovarla, volver a fiarse de los demás. Intentar hacer que las “instituciones funcionen”, que la ley se aplique con justicia, y que se establezcan mejores sistemas contralores puede ser útil de cara a una mejor vida social, pero no reemplaza en absoluto al fortalecimiento de la confianza propia de las relaciones interpersonales. Es necesario para todos recordarlo en la hora presente. En el caso de los líderes y directivos, resulta imperativo e imprescindible.

*El autor es profesor titular cátedra de Etica y Responsabilidad Empresarial Fernando Larraín Vial ESE Business School (apezoa.ese@uandes.cl).

Cátedra: Una reflexión y una experiencia

En estos días de tan interesante discusión sobre la libertad para enseñar, poco o nada se ha dicho sobre el concepto de cátedra.

Y esa palabra es clave porque, al fin de cuentas, es la que determina las posibilidades y límites de la libertad (a no ser que alguien se sienta dotado de las facultades de la infinitud divina).

Cátedra, vaya novedad, es sede, asiento, posición.

Justamente porque ése es el sentido de la palabra, su primera referencia es a la institución, a la organización que le permite a alguien sentarse. No hay cátedras de personas sin la cátedra institucional, sin la permanencia de un respaldo (por eso, quien enseña en su casa o en domicilio prestado, es simplemente un profesor y haría el soberano ridículo llamándose catedrático). Cuando los alumnos se matriculan en una universidad buscan una institución (no a unos determinados enseñantes); cuando los profesores concursan para incorporarse a una universidad, buscan una sede (no una simple oficina donde apotingarse).

Por eso la sede, la institución, la cátedra, tiene el derecho y el deber -fundacional y proyectivo- de establecer las condiciones para determinar quiénes pueden sentarse a enseñar en su nombre; para definir, en plural, sus cátedras.

Y, por eso, las universidades tienen autonomía para determinar los mecanismos de concurso, calificación y promoción de sus profesores, hasta llevarlos -categoría por categoría y cuando proceda- a esa calidad superior que los identifica con la institución: catedrático, titular, ordinario, etc.

Y no todos llegan. Por ejemplo, el profesor Jorge Costadoat, en su facultad, la de Teología de la PUC, está categorizado como profesor asistente. Sobre esa calidad están los profesores asociados y los que tienen cátedra, los profesores titulares.

Por eso mismo, la regla general es que las cátedras y las titularidades no sean vitalicias, sino que a cierta edad impliquen el retiro y, por cierto, si durante su vida universitaria alguien quiere cambiar el asiento que le han proporcionado por uno a su gusto, también pueda ser llamado a sentarse como debe o ser desvinculado. Y si eso vale para los titulares, con mayor razón se exige a las categorías inferiores.

Las cátedras se ejercen, entonces, como manifestaciones de la cátedra institucional, de la sede fundadora y directiva y, por cierto, obligan al que voluntariamente ha pedido y recibido su propia y pequeña sede. En casi todo, el catedrático podrá explorar con total libertad; en pocas cosas se le exigirá que use su libertad para explicar y defender, nada menos que la verdad institucional.

Y, para terminar, una experiencia personal.

Once años atrás, siendo ya profesor titular, me vi enfrentado a una dolorosa situación en esta materia.

Un buen amigo me comunicó que en dos oportunidades el rector de la Universidad Alberto Hurtado había manifestado en público que yo no debía seguir siendo profesor de la PUC, a raíz de mis planteamientos sobre el Gobierno del Presidente Pinochet. Bien aconsejado, le pedí una audiencia para ratificar el hecho. No sólo lo hizo, sino que además me comunicó que se lo había solicitado personalmente al entonces rector Rosso.

Le pregunté por mi libertad de cátedra. El rector de la Universidad Alberto Hurtado me contestó que en esas materias no existía tal libertad.

Gonzalo Rojas Sánchez

Opinión: La Iglesia, no el pueblo

Jorge Costadoat, s.j., deja la facultad de Teología de la PUC por decisión de la Gran Cancillería de la Universidad. No se le ha renovado la misión canónica.

Su caso ha servido para que en su defensa se usen justamente aquellos argumentos que tanto daño causan a la Iglesia Católica desde hace al menos 50 años.

Al negar la potestad de la Gran Cancillería para tomar una medida de esta naturaleza, se niega el vínculo de la Universidad con la jerarquía eclesiástica y con su carácter pontificio.

Al insistir en que todo teólogo católico tiene el derecho absoluto de poner en duda el magisterio de la Iglesia y promover posturas contrarias, se transfiere el valor de ese magisterio a la opinión individual y minoritaria, y quedan lesionados los conceptos de verdad de fe y de criterio moral.

Al sostener que la libertad de cátedra debe ser absoluta, se destruyen los principios de proyecto educativo y de comunidad universitaria, por los cuales todos los miembros de una corporación debemos compartir unos mínimos comunes o buscarnos otro alero.

Al defender a ultranza el derecho a enseñar cualquier tesis, se olvida que los mismos que hoy adoptan esa defensa han pedido excluir de la universidad a quienes opinan distinto sobre la Historia reciente de Chile o sobre temas morales fundamentales.

Al usar un lenguaje confrontacional y descalificador para referirse a la autoridad eclesiástica, se busca constituir al pueblo en la auténtica medida del cristianismo.

Y ya sabemos a dónde han conducido a Cristo las minorías vociferantes.

Gonzalo Rojas Sánchez

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