Uno de los fundadores de Foro Republicano, el profesor Alvaro Pessoa, escribió en El Pulso una columna que hace tiempo Chile necesitaba: Cómo se recupera la confianza una vez que se ha perdido. Todos concuerdan en el diagnóstico de que Chile vive una crisis de confianza -interpersonal e institucional-, pero nadie había respondido la pregunta obvia, hasta ahora.

Lea la columna original aquí o nuestra transcripción.

LA CONFIANZA: ¿CÓMO RECUPERARLA?

¿Cómo recuperar la confianza en la vida social? ¿Cómo superar la distancia que aleja cada vez más a los ciudadanos de los políticos? ¿Cómo manejar la reputación y los demás bienes intangibles de las empresas? ¿Cómo asegurar un clima de confianza en la familia, en los organismos sociales intermedios y en las relaciones personales?

La confianza, en forma análoga a la salud, se convierte en un tema de actualidad normalmente cuando falta. Su ausencia en las relaciones sociales enrarece prontamente la fluidez y la calidad de las mismas. Esto es válido para todos los ámbitos de la vida en sociedad: la política, la economía y los negocios, los centros de enseñanza, la familia, etcétera, no obstante las peculiaridades diferenciadoras de cada uno de ellos.

Existen diversas señales que dan cuenta del crecimiento de la desconfianza en una comunidad. Entre ellas, la entrada en escena de los abogados y los jueces -y de los medios de comunicación- es un signo inequívoco de carencia de confianza y del consiguiente deterioro en la convivencia. El prurito por dirimir desavenencias en sede jurídica resulta ser un claro indicador de crisis social. De hecho, en una mirada de conjunto a Occidente se percibe una progresiva judicialización de las esferas más diversas. Los actores implicados se manifiestan con frecuencia incapaces de resolver los conflictos y finalizan ante el juez, hecho que resulta disfuncional y peligroso. A modo de ejemplo, en la política, el denominado “gobierno de los jueces” ha demostrado que puede llegar a ser tan corruptor de la auténtica democracia como la inexistencia de una justicia independiente. Llevar continuamente a los tribunales aquello que debería debatirse o solucionarse en el parlamento e instancias asociadas dice a todas luces del fracaso de la clase política. Con el mundo empresarial pareciera ocurrir algo similar y, más todavía, con la compleja trama de relaciones entre la política y los negocios.

En Chile ya hace algún tiempo se observan crecientes muestras de desconfianza social, al punto que ha llegado a convertirse en un tópico hacer referencia a esta lamentable realidad. Siendo evidente el diagnóstico, la cuestión de fondo y el desafío radica en cómo revertir esta suerte de espiral negativa en que ha entrado la comunidad nacional en la materia y lograr reponer la confianza perdida.

Recientemente el filósofo y sociólogo español Alejandro Navas ha escrito al respecto en el diario El Mundo recordando(nos) que las recetas son tan sencillas de enunciar como difíciles de llevar a la práctica.

El enumera algunas de modo sintético: autenticidad, veracidad: los actores dignos de confianza son auténticos, sin fingimiento. Coherencia, correspondencia entre lo que se dice y lo que se hace. Cumplir las promesas; y si no se cumplen, explicar las razones verdaderas. Reconocer las propias fallas y pedir perdón: incluso los líderes más cualificados cometerán errores; reconocerlos con sencillez, sin buscar chivos expiatorios, refuerza el prestigio ante los subordinados. Eliminar mecanismos de control o supervisión excesivos, que no son más que desconfianza institucionalizada: aquí -señala Navas- cabe buena parte de las parásitas burocracias y jerarquías internas, con su aluvión de informes y reuniones. Aceptar la vulnerabilidad humana: quien confía se expone y corre un riesgo, pero solo de esta forma podrá generar confianza a su alrededor. Transparencia: compartir información constituye una de las mayores muestras de confianza en cualquier organización; también debe vivirse la transparencia hacia fuera, superando la tendencia al ocultismo. Delegar, “hacer hacer”: cualquier trabajador da lo mejor de sí mismo cuando percibe que sus jefes y compañeros confían en él. Someterse a la evaluación de otros: no tiene precio escuchar a los que dependen de uno, cuando dicen lo que piensan sin miedo a represalias.

¿Quién debe dar el primer paso cuando la desconfianza bloquea el diálogo y la posibilidad de entendimiento entre partes enfrentadas? Sin duda el más poderoso, que no tiene por qué ser necesariamente quien está más arriba en la jerarquía o en la cadena de mando. Podría decirse que la vía de solución descansa simplemente en confiar. Es lo natural entre los seres humanos. Así se han constituido las familias, las agrupaciones de todo tipo y la misma sociedad. En la mayoría de los casos, el acto de confiar se verá correspondido y la contraparte no fallará a la confianza depositada. Más bien al contrario, entregará incluso mucho más de lo que ella misma pensaba que podía dar. Y es que la confianza se sustenta en la gratuidad: en el don, por parte de otro, de hacerlo a uno sujeto de fe y esperanza en que será leal -fiel- en el cumplimiento de sus compromisos. Es, por lo demás, aquello a lo que la etimología de la palabra confianza nos remite.

Por la razón expuesta, para reversar un proceso de pérdida de confianza únicamente queda renovarla, volver a fiarse de los demás. Intentar hacer que las “instituciones funcionen”, que la ley se aplique con justicia, y que se establezcan mejores sistemas contralores puede ser útil de cara a una mejor vida social, pero no reemplaza en absoluto al fortalecimiento de la confianza propia de las relaciones interpersonales. Es necesario para todos recordarlo en la hora presente. En el caso de los líderes y directivos, resulta imperativo e imprescindible.

*El autor es profesor titular cátedra de Etica y Responsabilidad Empresarial Fernando Larraín Vial ESE Business School (apezoa.ese@uandes.cl).