“Chile está de odio”, decía el arzobispo de Santiago, monseñor Fernando Chomali, con ocasión del cobarde asesinato de tres carabineros en Cañete ocurrido hace un mes atrás. Es un terrible pero acertado diagnóstico; lo comparte todo el país. Se trata de la única enfermedad capaz de matar el alma de cualquier nación y que contagió hace tiempo la nuestra. El odio en sí mismo es un grave trastorno mental que se deja brotar fácil en la debilidad humana y por ser altamente contagioso, si se transforma en epidemia es también potencialmente letal. Como la lava de un volcán, busca salidas por donde reventar y expulsar su mal. Ya sufrimos una erupción hace poco más de 4 años la que, paradojalmente, sólo fue capaz de apagar otra grave enfermedad igualmente infecciosa como fue la pandemia del Covid.
Que Chile sufre problemas no es novedad. Casi todos los países, unos más, otros menos, deben sobrellevar problemas serios, pero no en todos existen quienes los crean o hacen un abusivo y temerario aprovechamiento político de ellos. No todos, tampoco, tienen autoridades abúlicas o indolentes para terminar con el inusitado avance de algunos como el crimen organizado, el tráfico de drogas, el ingreso masivo de inmigrantes ilegales, o la pérdida del estado de derecho en la macrozona sur donde, en la práctica, ya está  completamente perturbado.

Chile es uno de esos desafortunados países; aquí se sufren estos y otras severas dificultades en absoluta orfandad y eso, en parte importante, es lo que genera la odiosidad que nos invade. Pero lo grave, lo peor, es que hay quienes utilizan el dolor ajeno para propagar el rencor, la inquina, la ira, como ha estado ocurriendo en nuestro país desde hace años. Son los mismos que han usado permanentemente como su consigna de guerra “ni perdón ni olvido”, lema macabro que tintinea en nuestros oídos como una clara prevención de la odiosidad que los mueve. 
La historia de los últimos 130 años nos demuestra que ha sido el comunismo, el socialismo marxista, el más experimentado sembrador de odio en el mundo. Persistentes, sagaces, disciplinados, sus seguidores pretextan las obvias e inevitables diferencias entre ricos y pobres para promover “la lucha de clases”, validando el uso de la fuerza, la violencia, pero sin conseguir jamás la utópica “igualdad” que ellos prometen. Y en Chile no tendremos nunca absolución posible por haber sido el único país que logró sacárselos de encima hace 50 años; el código de conducta comunista prohíbe la amnistía y debemos pagar por ese crimen. En pocos años, su siembra ha sido extensa y exitosa.

Desde el término del gobierno militar ellos vieron que las nuevas autoridades les abrían nuevamente las puertas, les devolvían sus bienes, se les indemnizaba y otorgaban prebendas especiales por haber sido perseguidos. Y no perdieron tiempo haciendo un trabajo inigualable; los hechos hablan por sí solos. Poco a poco fueron infiltrando la cultura, la academia, las comunicaciones, los colegios y universidades, la prensa, radio y TV, y aquellas organizaciones sociales que influyen de alguna forma en la vida de la nación. ¡Avanzar sin transar! decían hace 50 años, y vaya cómo lo han hecho. Han dado pasos largos sin necesidad de cavar trincheras. Cuentan con medios económicos y con una tropa sumisa de cerebros lavados que son capaces de incendiar a Chile si se los ordenan. De hecho, casi lo consiguieron a partir de octubre del 2019 si no hubiera sido por el Covid.  
Con su reconocida astucia han sabido capitalizar a su favor todas las facilidades otorgadas y hoy disfrutan de un coqueteo con casi todos los partidos políticos, han conseguido una buena dotación parlamentaria y ya se han paseado cómodamente por la alfombra roja en todos los gobiernos para instalarse vigorosamente esta vez en la Moneda y ser los verdaderos conductores de la “patrulla juvenil” que nos gobierna. Con varios ministros y subsecretarios, con cargos políticos y de servicios públicos claves, y un control clarísimo de los hilos del poder, cuentan con la tolerancia, permisividad y aquiescencia de autoridades inexpertas y de clara vocación “octubrista”.  
Y, peor aún, desde hace tiempo tienen a su favor la falta de líderes opositores, así como el inmovilismo y la paulatina desintegración de la derecha política, que hoy se desmigaja en peleas pueriles para ver quién se queda con más votos en cada elección, de manera que no tienen quien les haga un claro y fuerte contrapeso. Lo que aún se llama derecha en Chile, está impávida, no reacciona.
Vive bajo los efectos de un sopor hipnótico que la mantiene aletargada, al punto que ya no reacciona ni siquiera para distinguir dónde está el peligro. Puede, incluso, que lo vea pero aparte de balbucear discursos inútiles no lo rechaza. Los políticos y gran parte de la ciudadanía no condenan abiertamente al Partido Comunista como una organización que promueve la violencia, porque con tierna inocencia creen que cualquier medida para impedir o limitar su funcionamiento atentaría contra el juego democrático, (de ahí la torpe e irreflexiva frase de un connotado expresidente ya fallecido: “más peligroso que el comunismo es el anticomunismo”). Tiene consecuencias graves creer, como lo hacían aquellos
ratones del cuento, que si invitaban al gato a jugar con ellos lo integrarían a su grupo de amigos. El comunismo jamás ha sido un defensor de la democracia con las reglas propias de ésta, que si las utiliza lo hace con repulsa solo como estrategia para conseguir su objetivo, para alcanzar el poder, y luego terminar con ellas como ha ocurrido en la historia de todos los países que han caído bajo su dominio y que no se lo han podido sacudir más. Un gato jamás se abrazará con un ratón si no es para comérselo.
Como ya es sabido, el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones; el remedio está en la acción y ésta debe venir, primero, de un convencimiento respecto de cuál es la causa de nuestro mal y, luego, conseguir un acuerdo y compromiso mayoritario, claro, valiente y confiable de las fuerzas democráticas del país para dejar en un aislamiento absoluto al partido comunista de las actividades públicas, de las organizaciones políticas y sociales; en otras palabras, proscribirlo. Y en ese compromiso tienen la mayor responsabilidad los partidos, las agrupaciones políticas, el Parlamento. Pero recordemos que el poder lo han conseguido gracias a nuestros votos, entonces quienes debemos exigirles actuar con coraje y amor por Chile somos nosotros, sus representados. Ya no más modorra o será tarde. En una sociedad tan dividida y perturbada, la oposición al comunismo debe ser frontal, sin tregua, sin
consideraciones, antes que la enfermedad contraída nos desangre. Debemos sacudirnos de ese cómodo individualismo algo hedonista que ha atrofiado nuestro sentido patrio y que hace despreocuparnos de lo que pasa a nuestro alrededor; “si yo estoy bien, todo está bien; si los demás se odian, es problema de ellos, no mío”.

Columna de Mauricio Riesco Valdés

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