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Relecturas

Por Gonzalo Rojas Sánchez

Hace tres semanas que no tengo acceso a mi biblioteca personal de Humanidades, libros que están en la oficina que ocupo para investigación histórica y para formación de gente joven.

Alcancé a traerme a mi casa solo media docena de volúmenes nuevos, y hace largo rato que ya fueron trabajados. Una buena dosis de pdf gratuitos me ha sacado de ciertos apuros pero, además, la biblioteca de literatura sí que esta disponible para mi cuarentena.

Para volver a aproximarse a esas obras, me inspiró una anécdota de hace 10 años.

El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad

Fue para el terremoto del 2010 que un nieto suyo fue a ver a don Juan de Dios Vial Larraín, quien nos dejara hace unos meses. Al verlo sentado en el suelo y rodeado de rumas de libros que se habían caído desde las estanterías, se ofreció a ayudarlo para poner en orden la biblioteca lo antes posible. La respuesta del filósofo fue: “¡Por ningún motivo! Estoy gozando al encontrarme con tantas obras que estaban allá en el fondo, en segunda fila, y que ahora tengo a la mano y listas para segundas (o terceras) lecturas.”

Qué gran oportunidad ha sido ésta para la segunda pasada por el Señor de los Anillos de Tolkien y la comprobación de que los mitos son verdad. Para una nueva lectura de Dostoievsky, en Los hermanos Karamazov, y recordar que “si Dios no existe todo está permitido”, mientras que repasar Crimen y Castigo ha significado confirmarme en que para toda pena es posible la redención, si hay arrepentimiento. Waugh y su Retorno a Brideshead han marcado de nuevo el valor de la conversión, aunque sea en artículo mortis; y al internarme una vez más en El Corazón de las tinieblas de Conrad, así como en Jude el Oscuro de Hardy, he vuelto a ver cómo se debate el alma humana frente al mal propio o ajeno. La letra escarlata de Hawthorne y El señor de las moscas de Golding han revivido en mí, una vez más, el drama de las organizaciones sociales perversamente orientadas.

Suite Francesa - Irène Némirovsky. Suite francesa combina un retrato  intimista de la burguesía ilustrada con una visión impl… | Favorite books,  Marcel proust, Books

¿Qué más tengo por delante, para segundas pasadas, en esta cuarentena ya mensual?

Esta lista, que recomiendo vivamente:

La suite francesa de Irene Nemirowski y La mujer justa de Sandor Marai; El metro de platino iridiado, de Álvaro Pombo y Los santos Inocentes, de Miguel Delibes; Seda, de Alessandro Baricco y Anima mundi, de Susana Tamaro; El Guardián en el centeno, de J. D. Salinger (en inglés, por favor) y Mientras yo agonizo, de William Faulkner; 1984, de George Orwell y Un mundo feliz, de Aldous Huxley; Pabellón de Cancerosos y Un día en la Vida de Iván Denisovitch, de Alexandr Solzhenitsyn…

Y otro lote, de chilenos e iberoamericanos, que dejamos para próxima oportunidad.

Ponga usted también sus favoritos en la lista, ésos que leyó ya en el milenio pasado. Volverá a gozar.

Solzhenitsyn y La Rueda Roja: a 50 años del Nobel

Hace 50 años, en 1970, Aleksandr Solzhenitsyn recibió el Premio Nobel de Literatura, aunque decidió no acudir ese año a la ceremonia respectiva, por el temor de verse impedido de regresar a la Unión Soviética.

A esas alturas, La Rueda Roja era sólo un conjunto de materiales -¡en realidad miles de esquemas y documentos!-   que comenzarían a cristalizar de a poco, a partir de octubre de ese mismo año 1970. En las próximas dos décadas -y especialmente durante su largo destierro en Vermont, Estados Unidos- el proyecto se iría convirtiendo en una de las más logradas aportaciones en la historia de la Literatura rusa, en muchas dimensiones incluso por encima de Dostoievsky y superando en dramatismo a la tan ponderada Guerra y Paz de Tolstoi.

¿Cuál es la estructura del libro?

La Rueda Roja fue concebida por Solzhenitsyn como una novela histórica que cubriera desde agosto de 1914 hasta… Por ahora, sabemos que su proyecto logró efectivamente abarcar el período desde los inicios de la Primera Guerra Mundial hasta abril de 1917, ya en pleno Gobierno Provisional, una vez producida la abdicación de Nicolás II.

El Nobel ruso buscó cuatro “nodos” o puntos focales, para desplegar los grandes procesos, para lo cual escogió Agosto de 1914, (publicado por Farrar, Straus and Giroux, New York, 1972) Noviembre de 1916, (también editado por Farrar, Straus and Giroux, New York, 1999 y 2014),  Marzo de 1917 y Abril de 1917. Las ediciones en inglés que he podido trabajar cubren en un tomo el primer nodo, en otro tomo el segundo, y en dos volúmenes el comienzo del tercer nodo –Marzo de 1917 (de University of Notre Dame Press, Notre Dame, 2017 y University of Notre Dame Press, Notre Dame, 2019, respectivamente).  De este tercer nodo están aún pendientes de edición y anunciados para los próximos años por University of Notre Dame Press, los tomos 3 y 4, previstos para el otoño de 2021 y el otoño de 2023, respectivamente. Y después, quizás cuándo, vendrá a completarse el nodo Abril de 1917 en ¿tres o cuatro tomos más?

Hasta ahora, en inglés, las ediciones que ya circulan, suman 3001 páginas, incluyendo mapas, planos y listas de personajes. Estas últimas son decisivas, porque ahí figuran la veintena de caracteres imaginados por el autor y los cientos de personajes históricos con los que aquéllos interactúan. Sin la consulta continua de esos listados, la lectura se hace imposible. Solzhenitsyn es ruso… Quizás por eso  -y además por los numerosos documentos parcial o totalmente insertados en la trama- me tomó 13 meses completar esos primeros cuatro tomos.

¿Qué es, en realidad, La Rueda Roja? ¿Es Historia novelada? ¿Es una novela histórica? Parafraseando a Unamuno, y su Nivola,  bien puede afirmarse que es Histovela o Novestoria.

En el relato hay una fusión tan íntima entre ambas dimensiones -la literaria y la histórica-  que, si no se contara con el doble listado de personajes en los que se  distingue entre los caracteres reales y los de ficción, un lector sin mayor formación histórica en los acontecimientos de la época, casi no podría saber quiénes son unos y quiénes otros.

¿Cómo logra Solzhenitsyn una articulación tan plena entre Literatura e Historia?

Ante todo, porque el ritmo de los acontecimientos es humano: las personas están en primer lugar. Los procesos (la guerra con Alemania y Austria, la influencia de la Duma, la acción de los agitadores revolucionarios, etc.) fluyen por aquéllas. Sin expresarlo, el Nobel ruso va dejando en claro, a cada paso, que no hay tal cosa como el determinismo marxista, que en la vida de los pueblos hay individuos ejerciendo su libertad: a veces bien, a veces mal.

No hay una página, no hay un pensamiento, no hay un diálogo, en que  no esté presente el drama nacional incrustado en el drama personal (en el de Nicolás II, en el de los políticos liberales -especialmente en Guchkov, en Milyukov, en Rodzianko- en Lenin, en los decadentes últimos ministros, en los generales, muchos de ellos, unas inepcias).

Todos sufren: algunos por no querer estar en la posición en que los sorprenden los acontecimientos (Nicolás II, el general Alekseev, los ministros, en especial Protopópov); y otros, por no poder involucrarse aún más fondo (Lenin en Suiza, Alexandra Feodorovna en Tsarkoe Selo, Guchkov, Milyukov, y Rodzianko en el palacio Tauride, teniendo que lidiar con el Soviet).

Por cierto, hay momentos en que por ambos extremos  -relatos de absoluta politicidad o de completa intimidad, según los casos-  se diluye algo la invisible articulación entre Historia y Literatura. Sucede cuando se incluyen documentos -parlamentarios y de prensa-  o cuando la trama de los personajes de ficción se hace casi por completo doméstica.  Pero el retorno a la unidad de la Histovela es siempre rápido y logra sumergir de nuevo al lector en el Petrogrado de los cien nombres, de cada uno de ellos.

La interacción entre esa multiplicidad de personajes no resulta agotadora ni forzada. Solzhenitsyn escribe usando con total soltura la triple vinculación entre sus propias apreciaciones de autor comprometido, con la dimensión de los pensamientos de los personajes y con la expresión verbal que cada uno de ellos manifiesta en sus diálogos. Como no hay guiones, como no hay casi intercambios formales a modo de parlamento, se produce la fluidez total.

Pero ¿y porqué es tan desconocida esta obra, supuestamente magistral y la cumbre de todo el trabajo del Nobel?

Solzhenitsyn resultó siempre muy incómodo para los dos mundos que combatió: el del progresismo liberal y el del marxismo, en todas sus variantes. En concreto  La Rueda Roja, para el mundo editorial de izquierda, es simplemente inaceptable.

Por ejemplo, el siguiente párrafo, en que el autor muestra el modo en que los revolucionarios de 1917 planificaban y manipulaban las manifestaciones, resulta para los activistas  -qué duda cabe-  muy incómodo, hasta el día de hoy. Por eso, lo han podido leer muy pocas personas. Decía un revolucionario en los primeros días de marzo de 1917:

“Las manifestaciones callejeras son siempre buenas. No importa cómo terminen, porque siempre conducen a una exacerbación de la lucha. Siempre pasa algo durante una manifestación callejera. Durante estos últimos días, los soldados han estado muy pasivos, empujaban a la gente levemente hacia atrás, apenas les bloqueaban el paso, iniciaban conversaciones, e incluso unos pocos le han llamado la atención a la policía. ¡Buena cosa! Estar de pie frente a las manifestaciones siempre desmoraliza a las tropas; oyen a los que protestan y algo les queda. Pero la masa todavía carece de malicia. ¿Cómo podríamos alejarlos radicalmente de sus estómagos e inclinarlos hacia las demandas políticas?”

Como gran parte de mi lectura coincidió con la insurrección de la violencia en Chile, comprendí perfectamente porqué sólo Agosto de 1914 circuló profusamente (incluso en castellano,  en los años 70) mientras que el resto de la obra, fue publicada marginalmente y después, su continuación, ignorada y silenciada hasta hace apenas tres años atrás.

Ciertamente, a esta genial Novestoria se le puede sacar el máximo de provecho con un buen conocimiento general de la Historia rusa y, a la vez, de su literatura fundamental. Dentro de esas coordenadas, se entenderá porqué el mundo de las dos Revoluciones rusas de 1917 (febrero-marzo-abril y octubre-noviembre), resulta ser también nuestro mundo, el del Chile 2019-2020.

Y esa relación se explica no sólo por tantos lugares paralelos, sino por el más importante lugar común: el gran drama humano.

Gonzalo Rojas Sánchez

Opinión – Un Dogma Moderno

Resultado de imagen para protestaNuestra sociedad, que se proclama progresista, sin siquiera advertirlo vive inmersa bajo sofismas y dogmas. En vez de avanzar, hemos desembocado en una suerte de barbarie oscurantista convirtiéndonos en seres sin raíces y sin savia.

Los dogmas modernos generan íconos culturales. Y uno de nuestros íconos favoritos, al que quemamos incienso todos los días, se llama “Mi derecho”. Mi derecho a todo lo que necesito para vivir dignamente, y también a todo lo que se me antoje, aunque cause estragos en mi vida o en las vidas ajenas.  En este último caso están, entre otros, el derecho a las drogas, el derecho al aborto, el derecho al vandalismo, el derecho a agredir a los que no piensan como yo, el derecho a profanar símbolos sagrados, y así hasta el infinito. No nos extrañemos que en Holanda se esté reclamando el derecho a la pedofilia.

Este ícono contemporáneo ha hecho emerger una ciudadanía que se cree  “empoderada”, que convierte sus derechos en reivindicaciones y sale a la calle a exigir que sean cumplidas “ahora”, sin discernir cuáles son legítimas y cuáles no, y sin ninguna propuesta que permita satisfacerlas sin trastocar gravemente la vida de un país y el funcionamiento global del sistema sociopolítico.

Todos los que tienen deseos no satisfechos apelan a la justicia,  argumentando que el poder político tiene el deber de proporcionarles lo que reclaman, y proporcionárselo gratuitamente. Detrás de la consigna “No al lucro”, late el dogma ideológico de que los ciudadanos postergados tienen derecho a obtenerlo todo gratis, porque son víctimas de un sistema “perverso”. Pero ese dogma se muerde la cola, porque, si para los pobres debe ser gratuita la educación, o la medicina, también deberían serlo los alimentos, la ropa, la vivienda, la movilización, y hasta las entretenciones, y todas las demás cosas que se requieren para vivir.

Lo que parece que los empoderados no logran entender, es que cualquier cumplimiento de sus legítimos derechos necesita recursos, y que los recursos no salen de la nada. Hay que producirlos, y la única manera de hacerlo conocida hasta ahora es el trabajo productivo de todos los actores sociales. La fórmula populista de quitarles a los ricos para darles a los pobres  es sólo un canto de sirena, y equivale a un lento suicidio porque siempre que se aplica, muy pronto no queda nada para repartir.

El desarrollo de un país exige el trabajo conjunto y éticamente organizado de todos sus ciudadanos, incluidos los empresarios, para que todos puedan ser generadores y partícipes proporcionales de la riqueza. Ese es el único modelo que puede funcionar, el que están exigiendo las graves crisis de nuestra época, y el que deberían diseñar los ideólogos políticos, en vez de embaucar a las ciudadanías con toda clase de manipulaciones demagógicas.

Los derechos sociales no dependen de una constitución o de los gritos vociferantes de algunos sino del buen gobierno y del grado de desarrollo de la nación.

Esta barbarie cultural no ha surgido por nacimiento espontáneo,  Somos víctimas de una utopía que enciende proclamas irreales para establecerse en el poder, después de haber colonizado nuestra mente.

El igualitarismo nos ha  seducido  con falsas expectativas, y los hechos demuestran una y otra vez que son espejismos imposibles. Se ha derivado de ahí una corriente de frustración que se transforma en creciente agresividad, que priva a los mejores del estímulo necesario para avanzar hacia las soluciones y atiza en los otros la decepción y la amargura del fracaso. Un caldo de cultivo de consignas erráticas, intenciones encubiertas y pasividad extrema de los capaces.

Hace unos años se nos cercenó  de la educación el estudio de la filosofía. Nos acostumbramos así a pensar sin lógica, y a no razonar idóneamente para encontrar verdades. Somos sujetos de derechos pero también de deberes y el primer deber es el de actuar de acuerdo a la razón sin dejarse embaucar por consignas ideológicas que nos privan de libertad interior.

Se nos inoculó además el virus de la sospecha, y ahora casi no tenemos suelo firme donde pisar.  Buena parte de nuestra generación carece de una columna vertebral que le permita funcionar bien en los hechos reales, porque se le han amputado sus impulsos protagónicos: la libertad, la capacidad de entender, la decisión de actuar para salir realmente adelante.

Esta es la falacia de nuestro tiempo: esta sociedad que se cree “empoderada” no tiene ningún poder. Es sólo una víctima de la vieja y obsoleta utopía colectivista, que hoy sigue recorriendo muchas zonas del mundo, y de punta a cabo América Latina.

Anamaria Barbera – Socia Foro Republicano

El fin de la autonomía

Sobre el nuevo borrador del proyecto de ley de educación superior es que hace un análisis Gonzalo Rojas Sánchez en BioBioChile TV. 

Algunas características fundamentales que resaltan del análisis son las siguientes:

1. Doble vulneración de la autonomía de las instituciones de educación superior y de los alumnos y familias.

  • Invasión al ámbito funcionario y académico.
  • Nuevo rol del alumno y familias como "clientes" de las instituciones, desvinculándolos afectiva y efectivamente. 

2. Superintendencia de Educación Superior que ejercería un control de "policía" sobre las instituciones y además contaría con potestades normativas.

 

¿Quieres saber más?

Ingresa a  http://tv.biobiochile.cl/notas/2016/04/08/el-fin-de-la-autonomia.shtml

 

 

 

Opinión. Conservadores: para concretar

Gonzalo-Rojas-Sánchez

  Muchas personas, muchas, han escrito a raíz del planteamiento referido a la posibilidad de que sea la   hora para que los conservadores formemos un nuevo partido político en Chile.

   Y, por cierto, han pedido precisiones sobre el proyecto.

   Se ha afirmado que hacen falta cuatro cosas. Concretemos las tres primeras, que son la operativas:

    a) Un ideario. Lo pueden escribir en pocas horas, entre, por ejemplo, Carlos Frontaura, Sebastián        Burr, Enrique López, Aníbal Vial, Cristóbal Orrego, Álvaro Pezoa, Julio Alvear, Raúl Bertelsen, Thomas  Leisewitz y una docena de próceres más, a quienes ruego me disculpen la omisión de sus nombres  concretos. Tenemos todo el ideario conservador nacional y occidental disponible y trabajado; aunque a  algunos les parezca algo anticuado, ellos ni de cerca han logrado síntesis creativas como el libro de  Burr, por ejemplo.

b) Unas personas. Entre todos los que se animen a darle forma a esta iniciativa, tenemos que animar a un par de grandes gestores para que lideren, tanto en lo político como en lo organizacional. He hablado de Rodrigo Álvarez y de José Antonio Kast. Los dos pueden estar disponibles si hay un planteamiento muy atractivo y un respaldo económico legítimo y bien proporcionado a su dedicación al tema. Pero entre los que se animen a discutir esta iniciativa, hay que barajar media docena de nombres más, de modo de tener un abanico más amplio de posibilidades. Deben tener entre 40 y 55 años.

c) Una hoja de ruta que presenta diversas opciones. El nuevo partido puede irse construyendo desde algunas ONG que confluyan a un proyecto común (Movilidad popular, Foro Republicano, Influyamos, y muchas otras) ; o desde los liderazgos personales de dirigentes de base en Santiago y sobre todo en regiones, esos cientos de personas que están disponibles y con los que uno se topa a diario; o desde algunos núcleos de intelectuales y profesionales, que han ido abandonando sus partidos por desilusión; o, incluso, desde los parlamentarios que a mediano plazo podrían dejar la UDI porque el partido se abandonó a sí mismo: podrían irse los que no quieren tibiezas en lo moral y cultural o los que no aceptan claudicaciones en lo histórico.

Para ir concretando esta iniciativa, con prudencia y sin apuros, harán falta muchas buenas conversaciones previas, a las que nos tenemos que dedicar en las próximas semanas. Paciencia, pero sentido de la urgencia también.

Gonzalo Rojas Sánchez – Socio Fundador Foro Republicano. 

Opinión: Cambiar el sujeto político

Esta es la columna de Gonzalo Rojas en El Mercurio en que menciona a Foro Republicano y la propuesta de Sebastián Burr de cambiar el sujeto político. Puede leer la columna original aquí.

CAMBIAR EL SUJETO POLÍTICO
Una tenaza amenaza la convivencia de los chilenos por todos los costados, por lo que es una obligación moral e intelectual explorar nuevas soluciones que la alivien.

Es importante que los tribunales apliquen las leyes; que los políticos -partiendo por la Presidenta- no vayan a intentar soluciones de transacción (o sea, que se aplique el «es urgente no hacer nada») y que la oposición reestructure sus partidos, disolviendo sus actuales dos polos para conformar una tripleta de opciones nuevas y consistentes.

¿Podrá suceder?

Casi con toda seguridad, no: los juicios llevarán un derrotero tan zigzagueante como extraño; los políticos se darán y tomarán las manos, después de aprobar un acuerdo menor contra la corrupción; y la oposición centrará su catarsis en la búsqueda de candidatos locales y regionales para que compitan a nombre de sus mismos actuales cuatro grupos.

¿Se puede pensar en otra fórmula, que rompa el triple esquema de tribunales acomodaticios, políticos transaccionales y oposición dormida?

Sí. Es lo que Sebastián Burr viene sugiriendo al interior de Foro Republicano, una corporación pensada justamente para humanizar a Chile y ayudarlo a salir de sus variadas pobrezas. Se lo podría llamar «el cambio de sujeto político: pasar de los carismas individuales, las manipulaciones comunicacionales y una infantil lucha por el poder, a la presentación y conocimiento de proyectos sociopolíticos que apunten al ejercicio activo de la libertad de todos y cada uno de los ciudadanos».

Sin que las instituciones dejen de funcionar -vaya uno a saber con qué vitalidad lo harán en los próximos meses-, Burr propone una asamblea de hombres buenos que lideren una «primaria de proyectos sociopolíticos».

Su diseño implica tres elementos centrales.

Por una parte, la convocatoria hecha por los cuatro ex presidentes de la República a todos los grandes ex con los que cuenta Chile, pero que hoy no cuentan casi para nada: ex presidentes de los otros poderes del Estado, ex contralores, ex ministros de áreas decisivas, ex rectores, ex presidentes de las Academias, ex embajadores, ex presidentes del Tribunal Constitucional, ex presidentes de la Confederación de la producción y de la CUT, ex presidentes de colegios profesionales y otros tantos ex. Una reunión de notables, una verdadera asamblea para sugerir cómo constituir, no una populista asamblea constituyente.

En segundo lugar, unas organizaciones habilitadas para presentar proyectos. Solo las entidades con personalidad jurídica vigente al 31 de diciembre pasado: nada de inventarse grupos ad hoc . Y proyectos elaborados con un formato serio, en que familia, trabajo, política, naturaleza, ciudad y economía sean requisitos a llenar, al modo de un concurso de investigación de estándares internacionales.

Finalmente, la asamblea de notables debiera agrupar esos cientos de proyectos en tres o en cuatro, y pedir que una legislación aprobada al caso «le permita a la ciudadanía elegir informada y libremente el mejor». Una consulta de verdad, un llamado a esos millones de chilenos que no quieren votar por personas en las que confían cada vez menos, pero que quizás -un quizás que será negado por los mismos políticos, obviamente- experimentarían un renacer republicano si de grandes proyectos en consulta se tratase.

Nada vinculante jurídicamente, todo en el plano de la verdadera participación ciudadana, ahí donde las personas saben que pueden aportar, sin miedo a las ideas que provengan de afuera de las élites.

Una campaña de solidaridad con un Chile devastado por la emergencia de esos aluviones y erupciones políticos que lo tienen al borde del colapso.

Opinión: A pensar y a escribir la Derecha

Un libro reciente se queja de lo poco que se piensa en lo que su autor llama «La derecha», es decir los grupos -así los denomina- «liberal-cristianos», «liberal-laicos» «socialcristianos» y «nacional-populares».

En una próxima oportunidad nos haremos cargo en este espacio de la crítica completa de esa obra.

Hoy sólo sugeriremos algunos temas en los que esas cuatro tradiciones intelectuales -especialmente la primera, que sería mejor calificar como «conservadora» y la tercera, la socialcristiana- podrían desarrollarse en estos meses.

Lo que pretende el listado siguiente, por lo tanto, es incentivar a que los lectores de esta columna puedan enviarnos trabajos -muy elaborados o de iniciación- sobre el modo en que perciben desde el conservantismo o el socialcristianismo los asuntos sugeridos, para que sean incorporados a los programas de acción de corporaciones y partidos, a los programas de formación de jóvenes, a la discusión en los medios de comunicación, a las sugerencias a los parlamentarios, etc.

O sea, vamos pensando sobre
1. Cómo revitalizar la autoridad en la familia y en la educación;
2. Cómo colocar la virtud cívica en el centro del servicio público;
3. Cómo organizar la función de consejo en organismos o instancias influyentes;
4. Cómo dignificar el trabajo en todos los emprendimientos;
5. Cómo activar la justicia conmutativa como palanca de las relaciones humanas;
6. Cómo dotar a los que no viven en una familia de instrumentos para que la recuperen;
7. Cómo premiar la participación juvenil en el sufragio y en el servicio;
8. Cómo promover la sensibilidad religiosa como un gran bien social;
9. Cómo potenciar la vida de club, barrio y pueblo;
10. Cómo recuperar el sentido de la belleza y la claridad en el lenguaje.

Y así, sucesivamente, en muchos otros temas.

Sebastián Burr, en «Hacia un nuevo paradigma sociopolítico» avanzó en muchas de estas cuestiones. Sigamos. A pensar pues. Y a escribir.

Gonzalo Rojas Sánchez

Obedecer, tarea imprescindible

No hay crisis de autoridad sin deterioro paralelo de la obediencia.

¡Cómo se lo ha experimentado en la esfera pública, en particular, en la eclesiástica, en estas últimas semanas!

Si encuentran a alguien que sostenga que obedecer el fácil, manden sus argumentos por favor. La obediencia es difícil justamente porque implica tres cosas que no nos gustan nada: Oír las voces exteriores, apagar las voces interiores, ponernos en movimiento.

Pero la obediencia es posible -más que eso, es imprescindible- porque esas tres actitudes son propias de la dignidad humana.

Oír las voces exteriores significa reconocer la superioridad de otros -de casi todos- por su investidura, por su experiencia, por su ciencia, por su santidad, por lo que sea o por todo lo anterior junto. Superioridad, y ya está.

Apagar las voces interiores implica hacerle el menor caso posible a las primeras reacciones defensivas, a los instintos de supervivencia de nuestra soberbia, a las pocas coordenadas que creemos tener como tierra firme para nuestra vida, apoyadas por cierto en un torpe «yo de esto entiendo.»

Ponerse en movimiento significa preguntar a las voces exteriores qué hay que hacer, dónde, cómo, cuándo -planteando con discreción las propias dudas, ciertamente- y trazar el plan para ejecutar los criterios de esa autoridad.

Casi todo esto está faltando en algunos que debieran ser los primeros en obedecer y en dar ejemplo a los demás. ¿Por qué?

Porque oyen muy poco las voces de afuera, en primer lugar, porque son muchísimas y apenas las saben discriminar, y, en segundo lugar, porque hay mucho ruido proveniente de las voces de adentro, que como hablan unilateralmente, sin contradictor, parecen sabias. Y no lo son.

Eso hace que el movimiento de algunos vaya justamente en la línea contraria de la autoridad. No obedecen, se rebelan.

Gonzalo Rojas Sánchez

Opinión: ¿Renuncia?

La Presidenta de la República ha declarado: «Yo no voy a renunciar. No pienso siquiera hacerlo. Ni siquiera sé cómo se haría constitucionalmente.»

¿Qué significa esto? ¿Alguien le ha pedido la renuncia? ¿Estamos en un déjà vu que nos retrotrae a mediados de 1973?

Todo parece arrancar de un comentario periodístico, muy bien informado; todo parece seguir en los ecos que ese análisis profesional ha tenido. Hasta ahí, a pesar de lo impactante del tema, el asunto se movía en las coordenadas propias de la información pública.

Ya hubo antes una situación similar respecto de un presidente socialista. Las peticiones masivas de renuncia llegaron a los ojos y a los oídos de Allende casi 42 años atrás; las mesas que recolectaban firmas fueron organizadas por los opositores al gobierno marxista y estaban instaladas en plena calle Ahumada; todo era de público conocimiento.

Nada de eso ha sucedido ahora. No se sabe de opositor alguno que haya planteado esa posibilidad. O sea, las declaraciones de la Presidenta nos llevan a pensar que nos está faltando un dato. ¿Alguien le habrá pedido a la mandataria -en privado, pero directa y efectivamente- que renuncie? ¿Quién?

Sólo esa hipótesis explicaría que las declaraciones sean las que fueron. El «Yo no voy a renunciar», podría ser la respuesta pública -para recuperar la adhesión de sus electores hoy desencantados pero que llorarían con su partida- frente a esas presiones privadas; el «no pienso siquiera hacerlo» debe traducirse por un «y no me insistan más», para terminar con un «ni siquiera sé cómo se haría», que debe leerse como «el artículo 29 de la Constitución no da para resolver ese problema: por ahí no podrán doblegarme.»

Por cierto todas estas interpretaciones de las insólitas declaraciones de la Presidenta se apoyan en la buena fe respecto de sus palabras.

Porque lo más grave sería que los análisis periodísticos fueran certeros, que efectivamente lo ha venido pensando y anunciando por cuenta propia, que no existan presiones internas de ningún tipo, sino sólo una debilidad muy suya y que la ha llevado a hacer uso del último recurso: negar públicamente lo que íntimamente quiere, para ver si desde esa negación consigue una fuerza que le permita doblegar la tendencia a la renuncia ya instalada.

Las presiones desde los suyos serían inauditas; la debilidad propia, de consecuencias imprevisibles.

Gonzalo Rojas Sánchez

«Violencia egoísta», opinión de Foro Republicano en ChileB

Reproducimos a continuación la columna de Thomas Leisewitz, de Foro Republicano, en el sitio de noticias ChileB. Vea la columna original aquí o lea esta transcripción.

VIOLENCIA EGOÍSTA
En pocas horas, en menos de una semana, vimos a carabineros arriesgando su vida para salvar a otras en las inundaciones del norte, en crudo contraste con la muerte de un joven carabinero en una violenta conmemoración de otros jóvenes muertos. Vimos también a un joven diputado que no se puso de pie en el minuto de silencio que la Cámara ofreció por el asesinato de un senador asesinado por un grupo violentista.

¿Qué nos está pasando? ¿Vamos a darnos vueltas todos los años en las mismas escenas, con los mismos argumentos, condenados a repetirla historia una y otra vez?

Todavía hay personas que se reservan como última carta la posibilidad de recurrir a la violencia para obtener sus fines políticos; otros declaran su repudio, pero usan los micrófonos como pistolas y las palabras como si fueran balas.

Otros, mejor intencionados, buscan y escarban para conocer la raíz de esa violencia y no logran ponerse de acuerdo: ¿Resabios de violencia estructural instalada hace décadas; resultados inevitables de presiones que provoca un sistema económico-social competitivo; latencia de un virus revolucionario que no acaba de morir? ¿Norcotraficantes y delincuentes comunes parapetados en un calendario que no crearon, pero que les sirve? La precisión sólo sirve para desviar el foco de lo único común a todos estos asuntos: una mirada egocéntrica, individualista, donde lo único que importa es lo que quiere uno, aunque deba pasar por encima de otras personas o de las costumbres y normas que nos mantienen unidos.

El gobierno dijo que está dispuesto a declarar estado de excepción constitucional para evitar más hechos de violencia como los que vimos estos días. Hay algo de positivo en esta reacción: muestra que el gobierno reacciona a los estímulos externos… pero no deja de ser una respuesta reactiva, y algo violenta.

Las imágenes de nuestros compatriotas arriesgando su vida en los lodazales del norte de Chile nos muestran un mejor camino para avanzar. Centenares, miles de uniformados, voluntarios, bomberos, funcionarios públicos, camioneros, estudiantes donaron de lo suyo, su tiempo y sus vidas para salir al encuentro de otros chilenos afectados por las inundaciones. Salir al encuentro del otro, a solucionar los problemas de otro y no quedarse sentado en tu silla cuando se homenajea a un colega, esa es la única actitud que nos sacará de esta espiral de violencia que parte en las palabras y termina en las balas.

Thomas Leisewitz

Foro Republicano | @f_republicano

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