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Opinión: La Iglesia, no el pueblo

Jorge Costadoat, s.j., deja la facultad de Teología de la PUC por decisión de la Gran Cancillería de la Universidad. No se le ha renovado la misión canónica.

Su caso ha servido para que en su defensa se usen justamente aquellos argumentos que tanto daño causan a la Iglesia Católica desde hace al menos 50 años.

Al negar la potestad de la Gran Cancillería para tomar una medida de esta naturaleza, se niega el vínculo de la Universidad con la jerarquía eclesiástica y con su carácter pontificio.

Al insistir en que todo teólogo católico tiene el derecho absoluto de poner en duda el magisterio de la Iglesia y promover posturas contrarias, se transfiere el valor de ese magisterio a la opinión individual y minoritaria, y quedan lesionados los conceptos de verdad de fe y de criterio moral.

Al sostener que la libertad de cátedra debe ser absoluta, se destruyen los principios de proyecto educativo y de comunidad universitaria, por los cuales todos los miembros de una corporación debemos compartir unos mínimos comunes o buscarnos otro alero.

Al defender a ultranza el derecho a enseñar cualquier tesis, se olvida que los mismos que hoy adoptan esa defensa han pedido excluir de la universidad a quienes opinan distinto sobre la Historia reciente de Chile o sobre temas morales fundamentales.

Al usar un lenguaje confrontacional y descalificador para referirse a la autoridad eclesiástica, se busca constituir al pueblo en la auténtica medida del cristianismo.

Y ya sabemos a dónde han conducido a Cristo las minorías vociferantes.

Gonzalo Rojas Sánchez

Opinión: Un presidente, no un caudillo

“Esa persona tiene las condiciones para presidir Chile y quiere hacerlo”, me comentó el otro día un gran amigo después de saludar a quien se cruzaba con nosotros en un campus universitario.

Esa persona existe. Y no es la única con esas capacidades, porque viven en Chile, efectivamente, las personas que podrían ser los presidentes que necesitamos desde el 2018 en adelante.

Unos pocos candidatos potenciales están hoy en la política y no hay que descartar sus opciones. Pero otros, no, y la posibilidad de que puedan explorarse sus candidaturas está abierta, aunque por ahora en muchos casos esa opción es todavía algo plana, no ha sido trabajada.

Pienso en uno que está en la vida universitaria; sé de otra que tiene el emprendimiento por tarea; un poco más allá, fulanito que ha dedicado su vida a la gerencia, ha mostrado condiciones de sobra para esa responsabilidad.

A cada una de esas personas sus actuales tareas les parecen completamente satisfactorias, por lo que debe lograrse primero que esos sujetos -y otros más, que los hay y simplemente no los conozco- incluyan en su horizonte mental y espiritual la enorme posibilidad de presidir la República de Chile.

El proceso de preparación y selección de alguien así implica pasos muy determinados y exigentes.

Ante todo, la declaración que debe hacer el interesado a sus amigos más cercanos, manifestando, sin vanidad ni falsa humildad, que está disponible para ese desafío. Después, su voluntad de recibir los consejos y la formación que le puedan proporcionar quienes conocen las diversas coordenadas del camino que deberá emprender. A continuación, su empeño por salir a todas las fronteras de la actividad pública en las que deberá manifestar sus principios y sus propuestas concretas.

En esas condiciones, varias personas podrían irse desarrollando para convertirse en auténticos candidatos presidenciales, en tiempos en los que la tentación del caudillaje -del todo apartada de lo que hemos descrito- se asoma como una opción tan posible como lamentable.

Gonzalo Rojas Sánchez

Opinión: La dificultad de ceder el poder

Uno de los fundadores de Foro Republicano, Pedro Fierro, escribe una columna en El Líbero sobre uno de los temas más difíciles para los que tienen el poder: cederlo a otro, renunciar a una parte de él. Esto, a propósito de la comisión presidencial que estudia políticas de descentralización y regionalización de la que Pedro forma parte.

Puede leer la columna original aquí o la transcripción completa que viene a continuación.

LA DIFICULTAD DE CEDER EL PODER
Hace algunos días terminaron las vacaciones y, sin duda, vivimos momentos históricos para el desarrollo regional. Durante estas últimas semanas se enviaron al Congreso dos proyectos que podrían marcar el inicio de un proceso sin marcha atrás. Hablamos de la reforma constitucional que dispondrá intendentes electos y de las indicaciones que permitirán un traspaso de competencias a los niveles subnacionales. Si a esto le sumamos el próximo envío de un proyecto de financiamiento regional (prometido para junio de este año), tendríamos avances en las tres áreas que la misma comisión presidencial para la descentralización acordó como prioritarias.

Pese a estas excelentes noticias, los importantes avances no impiden tener una mirada crítica respecto del trabajo realizado.

En este sentido, probablemente una de las principales dificultades para encontrar reformas descentralizadoras es que “alguien” las debe impulsar, y que ese “alguien” debe estar genuinamente dispuesto a ceder poder.

Precisamente esta dificultad se nos viene a la cabeza cuando analizamos las reformas y declaraciones presentadas por el Ejecutivo, específicamente si nos referimos a los conceptos de “contrato región” y “gobernadores regionales”.

Respecto al primero de ellos, hace algunas semanas el subsecretario de Desarrollo Regional señaló a los medios de comunicación la necesidad de contar con herramientas que “armonicen y compatibilicen las prioridades nacionales con las prioridades regionales”. Como existe la posibilidad cierta de que el nuevo intendente electo no sea del mismo color político de la Presidenta, se busca asegurar las condiciones para que el programa de gobierno pueda ejecutarse de la misma forma. ¿Acaso olvidamos que el sentido último de estas reformas es precisamente otorgar autonomía a los territorios? ¿Podemos efectivamente hablar de autonomía si ya comenzamos limitando su mandato al programa central?

El nuevo intendente electo no tan solo puede ser de color político contrario al Presidente, sino que incluso puede ser aliado con fuertes diferencias en la administración regional. ¿Acaso no es esa la gracia de que sea electo directamente?

Algo parecido sucede con la nueva figura del Gobernador Regional planteada en la reforma constitucional, quienes serían designados por el Ejecutivo asumiendo las actuales funciones de los intendentes, siendo los representantes del gobierno central en los distintos territorios.

Sin ir más lejos, distintos personeros han manifestado su preocupación respecto de esta nueva autoridad, principalmente por la falta de claridad respecto a las funciones que tendrían en relación con los nuevos Intendentes electos. Esto tiene todo el sentido cuando la misma reforma constitucional dispone que el Gobierno de la Región residirá en el Gobernador Regional (nuevo artículo 111) y no en el Intendente como se enunciaba incluso en el mensaje del mismo proyecto. ¿Acaso tendremos autoridades electas pero sin la posibilidad de decidir políticamente sobre su territorio?

Entendemos que cualquier reforma en descentralización debe considerar una armonía entre los intereses generales y los regionales, pero esto no puede ser un obstáculo a la autonomía necesaria para el desarrollo de cada localidad.

A simple vista, pareciera ser que existe una intención real de impulsar reformas descentralizadoras, pero asegurando primero el poder ya centralizado, lo que es derechamente imposible.

En este sentido, el llamado debe ser a no perder el foco. Hemos avanzado bastante en el anhelado desarrollo territorial, pero no podemos permitir que en la recta final algunos intereses nos impidan llegar a buen puerto.

Pedro Fierro, subdirector Fundación P!ensa

Opinión: Vacío en la UDI

Hace exactamente dos meses dijimos que dentro de las opciones de administración de la gravísima crisis de la UDI estaba la renuncia de su Presidente. Afirmamos en esa oportunidad que esa alternativa pasaba “por la conciencia de Ernesto Silva; hombre recto, seguramente está meditando la posibilidad de renunciar; sólo él sabe cuánto puede doler una decisión así, pero sólo él sabe cuánto bien puede traer esa medida; sólo él lo sabe.”Ese es el escenario de hoy: Ernesto Silva, por la razones que ya conoceremos en detalle, ha renunciado.

Para esa eventualidad -convertida hoy en realidad- nos parecía que sólo había tres opciones:
a. El reemplazo de Silva por “dirigentes sin mayor fuerza ni convicciones, impolutos pero impotentes”;
b. La captura de la UDI por parte del piñerismo, a través de Andrés Chadwick, con el objetivo de “administrar una colectividad que todavía hacia el 2017 podría marcar alrededor del 15%: todo un activo para Piñera, todo un triste final para la UDI”;
c. El retorno de “un dirigente histórico, Longueira”.

Hoy resulta evidente que sólo las dos primeras opciones parecen asomarse en el escenario de abril.

Pero, ¿son de verdad las únicas dos alternativas? No

Una semana después, comentábamos que había llegado el momento de convocar a “Suecia 286, a una gran asamblea interna sobre el proyecto de Jaime Guzmán, sobre la viabilidad de la UDI, sobre la necesidad de decir claramente ‘tú sí, tú no’ a quienes hoy poco o nada tienen que ver con la idea fundacional.” Y se agregaba una lista -incompleta por cierto- de los fundadores del proyecto de Guzmaniano, en su casi totalidad hoy excluidos de toda participación, para que tomaran conciencia de sus eventuales deberes en la instancia que se avecinaba y que hoy ya se vive: el vacío.

Muchos escribieron afirmando su disposición a reunirse. Seguramente algunos piensan que lo que podrían sugerir es la disolución del partido para clarificar tantas confusiones y que cada militante tome el rumbo que quiera (algunos de los mencionados en aquella lista ya no son ni siquiera miembros de la UDI). Otros piensan que quizás todavía se puede hacer algo de calidad.

Lo que no resulta posible es encontrar una buena salida, la que sea, sin ellos.

Gonzalo Rojas Sánchez

Opinión: Lo que nos sobra y lo que nos falta

La carta de Carlos Williamson que publicó hoy El Mercurio merece leerse, conversarse y tomar cartas, cada uno desde su propio ámbito, laboral, educacional, familiar, gremial, etc.

Desde luego, parece inverosímil que aún no se entienda que la economía necesita gobernarse según códigos éticos en todos los niveles. No existe la asepsia moral frente a una política pública de Gobierno que afecta el bienestar de la gente. Asimismo, los mercados son un modo potente para facilitar transacciones; no hay altruismo porque se paga, pero sí debe haber reciprocidad, y ello tiene un valor ético. Los mercados no funcionan si no contemplan el ejercicio de ciertas virtudes: universalidad, creatividad, respeto, confianza, competencia leal y ayuda mutua

Lea la carta en el blog de El Mercurio haciendo clic aquí o nuestra transcripción íntegra.

Señor Director:

La sucesión de malas prácticas en la esfera económica que ha sacudido a la opinión pública levanta una polvareda de dudas sobre la institucionalidad que se ha construido por largo tiempo. Sus protagonistas han dejado la huella de un afán desmesurado por atesorar más riqueza y saborear el poder del dinero para actuar como pequeños dioses que toman lo que no es suyo. El grave riesgo que se corre es que ese manto de dudas erosione la credibilidad en un sistema económico que hace décadas desata a diario las fuerzas de la iniciativa privada entre miles de buenos empresarios y ha sido fuente de crecimiento y prosperidad.

¿Qué nos falta y qué nos sobra? Nos falta recuperar virtudes que antaño definían a Chile como una nación sobria, laboriosa, bien ordenada y gobernada sabiamente. Hoy nos sobra arrogancia, desenfreno y una libertad que, al no respetar la dignidad de las personas, se transforma en libertinaje.

Tienen razón quienes llaman a ser prudentes y evitar las histerias colectivas como si estuviésemos sumergidos en una espesa corruptela. No es así. Pero sí se respira un ambiente confuso con incipientes muestras de pérdida de sentido y relajo de virtudes. Desde luego, parece inverosímil que aún no se entienda que la economía necesita gobernarse según códigos éticos en todos los niveles. No existe la asepsia moral frente a una política pública de Gobierno que afecta el bienestar de la gente. Asimismo, los mercados son un modo potente para facilitar transacciones; no hay altruismo porque se paga, pero sí debe haber reciprocidad, y ello tiene un valor ético. Los mercados no funcionan si no contemplan el ejercicio de ciertas virtudes: universalidad, creatividad, respeto, confianza, competencia leal y ayuda mutua.

Pero tampoco es sano que el mercado invada toda la actividad humana. Los incentivos actúan sobre la voluntad cuando ella es gobernada por el interés propio. A veces estos incentivos pueden corromper bienes humanos fundamentales si erosionan la base de valores que lleva a la gente a actuar, sin exigir nada a cambio. Son contraproducentes si ellos dan una señal en el sentido de que la respuesta “egoísta” es la única válida; degradan la respuesta altruista y conllevan un mensaje de desconfianza. No solo se vive para adquirir bienes y servicios, sino que también para constituirnos en personas dignas, autónomas y moralmente sanas. Un buen diseño político institucional debe procurar las condiciones para el bienestar material y espiritual, y el logro de los objetivos sociales, pero, al mismo tiempo, crear las condiciones para dar una respuesta moral a todo el comportamiento humano.

Los desafíos futuros no solo deben abordar leyes defectuosas o regulaciones laxas. El alma de Chile acusa una herida y demanda un cultivo más denso de valores republicanos, y en ello la educación es irreemplazable, así como espacios para el rol formador de la familias. Y en el ámbito político y empresarial, acabar con el blindaje para cuidar las espaldas de terceros, y el imperativo de dar testimonio personal, sacando la voz sin complejos para condenar y denunciar con fuerza conductas reñidas con la ética.

Carlos Williamson B.

Opinión: Ansiedad reformista

Este verano da vértigo detenerse ante un quiosco. Los titulares de los diarios dan cuenta de una ansiedad por aprobar reformas y proyectos de ley mal concebidos, peor inspirados, no discutidos y a contrapelo del sentido común. En veranos anteriores la queja era que no había noticias y nos llenábamos de periodistas despachando desde las playas de Chile o desde carreteras congestionadas.

¿Cuál es el apuro? ¿Por qué esa desesperación por aprobar mensajes y mociones? ¿Quién está escuchando el llamado profundo que hacen los chilenos a sus autoridades? No queremos pagar más impuestos sino que se usen bien, en lo importante, no en lo urgente. No queremos más y mejores huelgas, sino más y mejores empleos. No queremos que adoctrinen a nuestros hijos, sino que los dejen a cargo de un profesor y maestro, en una sala acogedora y segura, rodeados de buenos libros y afecto. No queremos apretujar a más senadores y diputados en un salón de Valparaíso, ni que les financien sus campañas para asegurar su reelección, sino que los queremos dando razones, y con un oído para escuchar a sus representados y el otro para escucharse entre ellos y buscar acuerdos.

No queremos un puente aéreo entre la región del Bío Bío y la de Los Ríos. Los habitantes de La Araucanía son chilenos también, con nombres y apellidos de raíz mapuche y española, entre otras. Lo que allí ocurre no es un problema de terrorismo ni seguridad pública, o de más o menos Estado; se reduce a ello cuando no se mira la realidad en todas sus dimensiones, desde la trascendente a la étnica, la política, cultural, económica y familiar.

Y lo más importante, queremos más niños. No queremos aborto. Necesitamos apoyar y acompañar a todas las mujeres que están embarazadas; que nunca más sufran presión ni violencia de sus familiares, amigos, empleadores, médicos ni autoridades. La naturaleza trascendente del ser humano no se crea, modifica ni termina por mayorías circunstanciales.

Claudio Osorio R.

Aguda refutación de Sebastián Burr a Piketty en El Mercurio

Sebastián Burr, de Foro Republicano, publica una carta al director de El Mercurio hoy en la que refuta los planteamientos del economista francés Thomas Piketty y ejemplifica con cifras de la economía chilena. Transcribimos su carta aquí:

Señor Director:

Cuando un país requiere estructurar una economía sobre bases de libre mercado, escapando del estatismo y de la monopolización del “emprendimiento” por parte del Estado, en una primera etapa es más eficiente establecer una economía sustentada en un crecimiento de base ancha: libertad económica, alto nivel de inversiones, reducidos niveles tributarios, expansión sostenida de los puestos de trabajo y del consumo, etcétera, como de hecho ocurrió en Chile a partir de 1976.

Pero una vez conseguida una expansión sólida de la economía, y a fin de lograr una redistribución más justa y equilibrada de la riqueza, la solución no está en que el Estado vuelva a intervenir elevando la progresividad de los impuestos sobre las rentas más altas, los patrimonios, etcétera, sino elevando la productividad laboral y generando una participación directa y proporcional de los trabajadores en la micro y macroeconomía. Esto, porque un 10% de mayor inversión genera solo un 1% de mayores ingresos de los trabajadores. De un 10% de mayor recaudación tributaria, solo retorna un 3% vía rentabilidad social amplia. En cambio, un 10% de mayor productividad aumenta los ingresos de los trabajadores y de sus familias en ese mismo 10%.

La propuesta de Piketty (“El Capital en el siglo XXI”) se ensayó en Chile de las más variadas maneras durante el siglo XX y hasta 1975, y el crecimiento económico del período no superó en promedio el 1,2% anual. Y el aparato estatal, con el consabido clientelismo político, creció cerca de diez veces en ese mismo período.

Ciertamente la propuesta de Piketty coincide con el plan hegemónico de la izquierda; de ahí tanto aplauso y efusividad con dicho ensayista.

Sebastián Burr
Foro Republicano

Opinión: Te lo advierto, cuico

Todo, casi todo, ya ha sido anunciado.

Pero apenas hacemos caso a los que entienden de personas y de sociedades. Es como si la desconfianza consolidada en las predicciones y análisis de los economistas se hubiese trasladado a todos los ámbitos de la vida.

En apenas 50 años todo, casi todo, ya fue anunciado.

Jorge Prat y Jaime Eyzaguirre, Jaime Guzmán y Jorge Millas, Gonzalo Vial y Juan de Dios Vial Larraín, Hermógenes Pérez de Arce y Sebastián Burr (y otros pocos) nos han amonestado desde comienzos de los 60 y hasta hoy, pero el cuico los desconoce, los omite, y finalmente se erige como sus pares.

El cuico profundo no es el hincha de “La Cato” (así la llaman); verdaderamente cuico es todo aquel que carece copulativamente de estas condiciones: interés por lo que escriben y dicen los que saben, sensibilidad para entender las señales sociales, responsabilidad humilde para dejar de lado sus paupérrimas intuiciones. Cuico: el que habla de sí mismo para sí mismo mientras Chile se cae a pedazos.

Los hay en todas las comunas, en todos los barrios, con todos los apellidos. Sus frases favoritas -encadenadas mientras el país va entrando en un nuevo desastre- son: no exageremos; en Chile nunca pasa nada; esto se está complicando; mira la escoba que dejaron; qué atroz; que alguien haga algo.

Hay cuicos en la empresa y en la universidad, en la familia (mucha cuica) y en la política, en las profesiones liberales y en los colegios secundarios, entre los jóvenes y los jubilados. No leen, no piensan, critican, estrilan, descalifican, y cuando llega el momento, piden auxilio.

Poco podemos hacer los simples mortales para descuicarlos. Y hagamos lo que hagamos, ante sus ojos y en sus lenguas, seremos culpables. No cuentan con nadie más, sino con ellos mismos.

En esta pasada histórica que enfrentamos, dan unas ganas de ofrecerlos en sacrificio, para que los del futuro aprendan. Pero no, ya lo dijo Leon Bloy usando la palabra burgués: son demasiado adorables como para no convertirse ellos mismos en dioses.

Bueno intentémoslo de nuevo: te lo advierto, cuico, queda poco.

Gonzalo Rojas S.

Opinión: Navidad

Barioná es el jefe de un pueblo en el antiguo Israel. Un pueblo que recibe la buena nueva del nacimiento del Niño Dios en Belén, otro pueblo cercano. Entre los miembros del villorrio, quienes primero reciben la noticia son los pastores que cuidaban ovejas en los campos, y luego el resto. Nadie ha visto al niño aún, pero todos quieren partir a adorarlo en la certeza de que su pequeñez esconde la misteriosa inmensidad de la divinidad. Todos, salvo Barioná. Todos, incluida Sara, mujer de Barioná, excepto Barioná. Él es un escéptico que se burla con desprecio de la religión. La vida, para él, no va a ninguna parte. Afirmar la existencia de Dios cuando difícilmente puede sostenerse las del hombre le parece simplemente de superstición.

Barioná es un existencialista, tal como Sartre. Y no es raro, porque Barioná es el personaje principal de la obra de teatro que Sartre escribió, presentó y actuó siendo prisionero de los alemanes el año 1940. En ella, Sartre recoge el misterio de la Navidad de un modo notable, más aun considerando que es un ateo y que profesa irreligiosidad.

Barioná, sin embargo, termina vencido por la humildad del Dios hecho hombre, que llego al mundo para hacer nuevas a todas las gentes y a todas las cosas. Barioná termina ofreciendo su vida para que José y María puedan escapar a Egipto con el niño y, así, evitar su asesinato. Y lo hace diciendo a su esposa Sara en el momento de la despedida: “Me desborda la alegría como una copa rebosante. Soy libre, tengo el destino en mis manos. Voy contra los soldados de Herodes y Dios viene a mi lado. Soy ligero, Sara, ligero. ¡Ah, su supieras cuan ligero soy! ¡Oh, Alegría, Alegría! Llora de alegría. Adiós mi dulce Sara. Levanta la cabeza y sonríeme. Tenemos que ser dichosos. Te quiero y Cristo ha nacido”.

Esta obra de teatro, escrita por quien combatió el cristianismo durante casi toda su vida, revela una comprensión como pocas del misterio cristiano que se manifiesta en Navidad, partiendo por el infinito poder transformador que el niño Jesús tiene sobre las almas, capaz de sacarlas del ensimismamiento al que las conduce la propia miseria, para llevarlas a la libertad infinita de los esclavos de Dios. Esta obra es quizá, también, un preludio de la propia historia del alma de Sartre y del poder renovador que Dios ejerció sobre su alma. Le Nouvel Observateur recogió, el año 1980, un diálogo de Sartre, pocos días antes de su muerte, con un marxista. Sartre dijo allí: “No me percibo a mí mismo como producto del azar, como una mota de polvo en el universo, sino como alguien que ha sido esperado, preparado, prefigurado. En resumen, como un ser que sólo un Creador pudo colocar aquí; y esta idea de una mano creadora hace referencia a Dios”.

No tenemos certeza de si el alma de Sartre terminó su camino de renovación antes de presentarse ante el Altísimo. Rezamos para que sí. Sí tenemos la certeza, en cambio, de que el niño Dios ha venido para hacer nuevas nuestras almas, borrando de ellas toda miseria, partiendo por la del pecado. Que esta nueva Navidad sea ocasión para hacer a un lado todos esos obstáculos, pequeños y grandes, que solemos poner a la acción renovadora de Dios y, así, hechos nuevos por Cristo, podamos también ser su herramienta para hacer nuevo a Chile.

Una muy feliz Navidad 2014.

José Luis Widow
Foro Republicano

Opinión: ¿De qué familia se trata?

Para este domingo 28, con el Nacimiento de Cristo recién acontecido, la Iglesia Católica nos propone la solemnidad de la Sagrada Familia.

El Niño ya está en su lugar, con su Madre María y con quien hace las veces de Padre, José. El Niño, María y José mostrando cómo pueden ser los hogares, aunque a veces cueste mucho (y otras tantas, apenas un poco).

Será esta solemnidad la más trascendente que quizás jamás se haya celebrado en la Iglesia Católica, entre las dos etapas de un sínodo iniciado el año que termina y que continuará el próximo, bajo el título de “La vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo”.

A nadie bien informado se le escapa que en la primera parte de la asamblea se emitieron unas cuantas opiniones que rompen por completo con la naturaleza de la familia y con los planes de Dios, claramente manifestados en las fuentes de la revelación y en el bimilenario magisterio católico.

¿Cómo pudo llegarse a eso?

Si usted se da una vuelta por las páginas web de ciertas autodenominada comunidades de bases, o de ongs autoconsideradas católicas o de variopintos gurús, (algunos con investidura clerical) comprobará porqué esos pequeños grupos de influencia liberacionista o relativista lograron colocar en la agenda cuanta insensatez puede imaginarse todo el que aspira a convertir el catolicismo en una religión más del yo: algo así como el cristiano sabe más que Cristo.

Para la segunda etapa, la Santa Sede ha planteado a las conferencias episcopales un nuevo cuestionario con 46 preguntas, cuyas respuestas deberán estar entregadas antes del 15 de abril para preparar el documento que servirá para los debates de la reunión de los obispos.

Las conferencias episcopales deberán plantear estas preguntas a “todos los componentes de la Iglesia local, instituciones académicas, organizaciones, movimientos laicos y otras instancias eclesiales” para conocer su opinión.

Las comunidades de base, las ongs y los gurús ya están organizados y harán valer sus puntos de vista desde la nueva moral (llevan tanto tiempo con esa supuesta novedad, tan arcaica como el pecado).

A quienes legítimamente se molestan con tanta sandez no les cabe sino reforzar la doctrina de siempre, ofreciendo por cierto aplicaciones prácticas que la hagan vital y atractiva en el mundo de hoy. Para lograrlo, hay que bajar las 46 preguntas, leerlas con calma, contestar todas las que se pueda y acercarse a la parroquia a dejar esa contribución.

Ufff, qué difícil. ¿Tanto como lo que le costó a la Sagrada Familia toda la primera etapa desde el nacimiento del Niño?

Un poquito menos, ¿no?

Gonzalo Rojas Sánchez

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